¡¡Feliz día del libro!!

¡¡¡Hola a todos!!!

Quería desearos a todos un Feliz día del Libro, espero que lo paséis bien y que os regalen muchos libros.

Yo he querido colaborar en este día con una pequeña aportación, no es un libro, pero si un adelanto de mi nuevo trabajo “Cuando todo acabe”. Espero que lo disfrutéis y vuestros comentarios acerca de lo que os parece.

Espero poder daros pronto una fecha de publicación, y pronto compartiré aquí en la web y en mis redes sociales la portada en la que estoy trabajando.

Un saludo y gracias por estar ahí.

 

CUANDO TODO ACABE

1

EMPEZAR DE CERO

 

  Estoy mirando mis maletas, pensando en la nueva vida que me espera y en la que dejo atrás. Por los altavoces se escucha el aviso de que el Ave con destino Madrid ya está en el andén. Cojo las maletas y las arrastro hasta la puerta, subo, las coloco y me siento a esperar que empiece mi viaje.

  El destino elegido es Madrid, allí me espera Claudia, mi amiga de la infancia y la que me convenció de mudarme allí. La verdad es que aquí tampoco tengo nada que me retenga, solo mis amigos.

  Voy a Madrid en busca de una nueva vida, y sobre todo en busca de trabajo. Estudié traducción e interpretación, y lo único para lo que me ha servido es para traducir varios libros de instrucciones. Suena triste, pero es así.

  Miro por la ventanilla y observo la estación de Alicante. He sido feliz aquí y siempre puedo volver si las cosas no salen como espero.

  Me pongo los auriculares, conecto la música y me acomodo en el asiento. Veo como una chica morena corre por el andén tirando de una maleta rosa chicle enorme, sube acalorada, coloca su maleta junto a las mías y se sienta justo a mi lado. Me mira y sonríe. La saludo con un gesto y vuelvo a mirar por la ventanilla.

  El tren se pone en marcha a la vez que mi corazón golpea frenético. No sé porque estoy nerviosa, pero lo estoy. Supongo que es la incertidumbre de no saber muy bien si lo que estoy haciendo saldrá bien o saldrá mal, pero total, tampoco tengo mucho que perder.

  Llevamos más de la mitad del viaje cuando mi compañera me da un toque en el brazo para llamar mi atención, me quito los auriculares y la miro.

–  Perdona que te moleste pero, ¿quieres un zumo? — me pregunta ofreciéndome uno de esos zumos de brick.

    No, gracias — le digo y sonrío.

    Me llamo Adriana — dice mostrando una preciosa y perfecta sonrisa.

    Yo soy Laia — levanto mi mano, pero ella se inclina y me saluda con dos besos. Por un momento me quedo parada, no es que no me gusten las muestras de afecto, pero si me resultan extrañas de alguien a quien no conozco.

´-    Laia, que nombre tan bonito, creo que no lo había escuchado antes.

    Bueno, por aquí es bastante común.

    ¿Vas a Madrid de vacaciones, Laia?

    No, me traslado a vivir allí — contesto y aún me resulta increíble que vaya a hacerlo.

    ¡Oh vaya, yo vivo allí! ¿Tienes familiares allí?

–    No, solo tengo una amiga. Voy a buscar trabajo — le digo pensando que ojalá encuentre pronto algo ya que mis ahorros no van a durarme eternamente.

    Seguro que tienes suerte. ¿Qué es lo que buscas? — me pregunta y la miro durante unos segundos.

    Bueno, estudié traducción e interpretación, así que, me gustaría trabajar en algo relacionado, aunque la cosa está complicada.

    ¡Todo está complicado! Pero Madrid es una ciudad muy grande, seguro que encuentras algo — me mira y sonríe. Es una de esas personas, que sin saber muy bien porque, te inspiran confianza desde el principio.

    Eso espero — digo guardando el mp3 en el bolso — Y tú, ¿a qué te dedicas?

    Trabajo como gerente en una empresa farmacéutica.

    ¡Gerente! Suena muy bien…

    Sí, la verdad es que no me puedo quejar… Además es una empresa familiar y trabajamos muy a gusto — dice sonriendo.

    Yo espero encontrar algo pronto, no me queda paro y mis ahorros no es que sean para tirar cohetes — digo haciendo una mueca.

    ¿Y vivirás con tu amiga? — pregunta.

    ¡No, qué va! Ella vive en un estudio muy pequeño con su novio, sería imposible — le digo recordando el pequeño estudio de Claudia — He conseguido una habitación en un hostal, por lo menos hasta que pueda encontrar trabajo y pueda buscar algo mejor.

    Muy bien… ¡Mira, ya estamos llegando! — dice señalando por la ventanilla.

  Miro hacia el exterior y veo la estación de Atocha a lo lejos, son casi las doce del mediodía. Saco mi móvil y veo un mensaje, es de Claudia diciéndome que ya está en la estación y que se muere de ganas de abrazarme. Sonrío y pienso que hace casi un año que no nos vemos. Yo también tengo ganas de abrazarla.

  El tren va aminorando la marcha mientras entra en la estación. La gente, como siempre, se prepara a corre prisas como si el tren fuera a marcharse con ellos dentro de nuevo. Adriana me mira y se ríe, supongo que pensando lo mismo que yo. Las dos permanecemos sentadas hasta que la gente empieza a bajar, una vez despejado, nos levantamos, cogemos las maletas y planto mis pies en Madrid.

    Laia, mira, este es mi teléfono — dice dándome una tarjeta con su nombre y su móvil — Llámame si necesitas cualquier cosa, o si te apetece quedar a tomar algo.

    Muchas gracias Adriana. Ha sido un placer conocerte. Apúntate mi numero también, y llámame cuando quieras — digo señalando su móvil del que no se ha separado en todo el camino. Nos despedimos con dos besos y ella avanza acelerada hacia las escaleras. ¡Esta chica siempre va con prisas!

  Subo buscando a Claudia entre la gente, arrastrando mis maletas y tratando de no tropezarme con nadie. ¿Nos hemos puesto todos de acuerdo para venir hoy a Madrid?

  Una pareja se aparta de delante y veo a Claudia al fondo buscando entre la gente. Está igual que siempre, su melena castaña cortita, sus grandes ojos marrones y su gesto amable.

    ¡Claudia! — chillo para que me vea. Veo como busca con la mirada hacia donde estoy y de pronto sonríe cuando me encuentra. 

  Voy apartando a la gente para llegar hasta ella y cuando llego, suelto las maletas y nos abrazamos con fuerza. ¡Cómo la he echado de menos! Las dos reímos como dos crías. Nos separamos y nos miramos la una a la otra de arriba a abajo. 

    ¡Estás guapísima! — dice volviendo a abrazarme — ¡Oh Dios mío, estás aquí!

    ¡Sí, aquí estoy! — le digo y sin poderlo evitar las lágrimas ruedan por mis mejillas. Claudia y yo hemos vivido muchas cosas juntas y no todas han sido demasiado buenas.

    ¡Eh, no llores o me harás llorar a mí! — dice emocionada limpiándome las lágrimas.

    No, no, perdona, es solo que me alegro tanto de verte.

    Bueno, ahora te vas a hartar de tenerme cerca — dice riendo.

    Nunca podría cansarme de ti.

    Venga vamos que he dejado el coche mal aparcado — dice cogiendo una de mis maletas.

  Salimos de le estación, al caluroso Madrid, estamos en junio y el sol aprieta. Claudia, como es costumbre en ella, ha aparcado en una zona donde está prohibido, pero por suerte sigue en su sitio. Cargamos las maletas y empezamos nuestra ruta.

  Observo Madrid por la ventanilla. Siempre me ha encantado esta ciudad tan llena de vida. Su perfecta sincronía entre lo antiguo y lo moderno, sus edificios, sus fuentes, sus jardines… Sé que lo único que echaré de menos será poder dar paseos por la orilla del mar.

  Entramos en una calle estrecha, que según indica el GPS es la del hostal. Claudia, tras mucho discutir, acepta meter el coche en un parking cercano. Cogemos las maletas y andamos calle arriba en busca del número cuatro, el del hostal.

  Cuando tenemos delante el edificio, Claudia se gira hacia mí negando con la cabeza. 

   ¿En serio? — me pregunta ojiplática.

    ¿En serio qué?

    ¿Este es el hostal? — pregunta señalando hacia la entrada. Aunque llamar entrada a esa minúscula puerta es hacerle un gran favor. 

  Miro el edificio de arriba a abajo. Solo son cinco pisos, con una pared color gris y desconchones que necesitan urgentemente ser reparados. Una pequeña puerta de madera oscura entornada en la que pone: HOSTAL LUZ. Camino hacia ella.

   ¡Eh, eh! ¿Dónde vas? — pregunta Claudia tirando de mi brazo.

    ¿Cómo que dónde voy? A mi hostal.

    No voy a dejar que vivas ahí.

    ¿Estás tonta?

    ¿Tú has visto esto? No entiendo como permiten que alguien viva ahí. ¡Por Dios santo Laia!

    ¡No seas exagerada! Seguro que dentro no está tan mal — digo empujando la puerta y viendo que sí, que podía ser peor. 

  Entramos, es una recepción minúscula, oscura y con un fuerte olor a humedad. De hecho, creo que prefiero que esté oscura para no ver donde me estoy metiendo exactamente. Una mujer de unos setenta años sale de detrás de una cortina. 

    Buenas tardes ¿en qué puedo ayudarles? — nos pregunta con un hilo de voz que casi cuesta de escuchar.

    Buenas tardes, tengo una habitación reservada a nombre de Laia Muñoz.

    A ver… — dice sacando una agenda llena de garabatos — ¡Oh sí! Era para un mes completo, ¿verdad?

    Si, en principio para un mes.

    Bueno, aquí tienes la llave. Es en el cuarto piso, es una de las habitaciones reformadas — dice alzando sus cejas como si me hiciera el favor de mi vida.

    Ah, muchas gracias — cojo la llave y me giro hacia Claudia que está mirando a su alrededor con cara de asco – Venga, vamos. Disculpe, ¿el ascensor?

    ¿Ascensor? Ay reina, para eso no hemos llegado aún — dice la vieja riendo y dándose media vuelta. Suspiro y cojo mi maleta hacia las escaleras.

  Subimos en silencio, Claudia va detrás de mí con mi otra maleta seguramente mirando por donde pisa. Llegamos al cuarto piso donde hay seis puertas, busco la mía que resulta ser justo la de la izquierda del fondo. Avanzamos por el pasillo y abro la puerta conteniendo el aliento. Está a oscuras con las persianas bajadas, busco a tientas un interruptor y cuando lo encuentro enciendo la luz.

  Una solitaria cama de forja blanca con una colcha marrón horrible, una mesita de noche en madera oscura, un pequeño armario donde ni de broma cabe toda mi ropa, una pequeña cocina con una nevera a su medida y un escritorio con una silla es todo lo que llena la habitación. Me acerco a las dos ventanas y subo las persianas. Por lo menos las vistas no están mal, dan a una avenida amplia y dejan entrar mucha luz a la habitación.

  Claudia apaga la luz, me giro y sonrío.

    No está tan mal — digo observando su reacción.

    No, es… ¿sencilla?

    No seas mala Claudia, seguro que con un poco de mimo, unas sábanas bonitas y alguna cosa más, queda estupenda — le digo intentando ser positiva.

    Por lo menos está limpia… — dice pasando su dedo por encima del escritorio.

    Y si no, ya la limpiaré. Cambia esa cara que de momento va a ser mi casa, te guste o no.

    ¡Está bien! — dice alzando las manos — Pero de momento deja las cosas y vamos a comer anda, que estoy muerta de hambre.

    Venga vamos, pero invitas tú, que yo de momento acabo de llegar y no tengo trabajo — le digo cogiéndome de su brazo y haciendo pucheros.

    ¡Pobrecita mi niña! — dice haciendo que las dos estallemos en carcajadas.

 

 

2

ABSURDA RUTINA

  Salgo de casa como cada día, sin ganas de ir a trabajar. Sin ganas de verle la cara a los mismos a los que tanto odio. Sé que es un trabajo, sé que fui yo quien se ofreció voluntario, pero hay días en los que mantener la calma y la cabeza fría es complicado.

  Me subo al coche, conecto la radio y dejo que la música me distraiga un poco, al menos hasta llegar a las oficinas. Solo espero que los meses pasen rápido y que podamos acabar cuanto antes con toda esta mierda. Aunque no sé si lo que vendrá después será mejor.

  Entro en el garaje, aparco mi coche, respiro hondo y salgo. Justo cuando las puertas del ascensor empiezan a cerrarse llega corriendo Javier, siempre llega tarde.

    ¡Buenos días Alberto! — dice colocándose a mi lado.

    Para quien lo sean — contesto con media sonrisa.

    Eh, tranquilo, ya queda menos. Tenemos que reunirnos esta noche, donde siempre.

    ¿Has averiguado algo más? — le digo en un susurro. Él me mira y asiente discretamente.

    ¿Tomamos una copa luego? — me pregunta justo cuando las puertas se abren. Nos encontramos a Alexey justo en la puerta.

    ¡Buenos días señores! — nos saluda con una sonrisa. ¡Odio a este gilipollas!

    ¡Buenos días! ¿Nos vemos en la reunión? — pregunto templando mis nervios.

–    Por supuesto — contesta arrogante como siempre y entra en el ascensor.

    Alberto venga, nos están esperando — dice Javier palmeando mi hombro.

  Caminamos hacia el despacho de Yuri, uno de los jefes de la empresa que nos ha contratado. Javier y yo nos dedicamos a buscar locales o edificios para empresas. Los localizamos y adecuamos las instalaciones a sus necesidades, o al menos, eso es lo que intentamos que parezca.

  Entramos en el despacho de Yuri, que está sentado en su mesa charlando tranquilamente con una de sus muchas rubias de piernas largas. La rubia nos mira, sonríe y guiñándole un ojo a su jefe se marcha. Si ella supiera quien es exactamente este tío, no creo que le hiciera ese tipo de gestos.

  Javier y yo nos sentamos frente él.

    ¡Buenos días! — nos dice con esa sonrisa falsa que dedica a todos como si estuviera por encima de los demás.

    ¡Buenos días Yuri! — saluda Javier tan educado como siempre.

    Aquí tienes los planos del local, la distribución que hemos pensado, y las calidades de los materiales — digo sacando los documentos de la carpeta.

    Cuando quieras concretamos una cita y lo ves in situ. Te va a encantar Yuri, y pensamos que es lo que mejor se adapta a tus necesidades — dice Javier.

    Me gustaría verlo antes, no tengo clara la ubicación.

    Yuri, la ubicación es perfecta, céntrico, pero… discreto — le digo y él me mira con media sonrisa.

    No esperaba menos de vosotros, pero ya sabes Alberto que no tienes que convencerme solo a mí.

    Eso lo sé, lo vamos a conseguir.

    ¿Podemos verlo hoy? — pregunta mirando a Javier.

   Esto… bueno, tendría que consultarlo, pero no creo que haya problema.

    Me gustaría verlo antes de la reunión, podría apoyaros sabiendo bien de lo que hablo.

    Déjanos que hagamos unas llamadas y te informamos — dice Javier levantándose.

    Puedes ir revisando esto si quieres — digo señalando las carpetas.

    No dudes que lo haré. Os espero con noticias.

    Perfecto Yuri, ahora volvemos. Y gracias — digo con la más falsa de mis sonrisas.

    Dámelas cuando esté terminado.

    De acuerdo — digo dando media vuelta hacia la puerta.

  Javier y yo salimos del despacho. La reunión con el resto de la directiva será esta tarde. Tenemos que tratar de convencerlos de que nuestro local es el ideal para su negocio. Los dos caminamos en silencio hacia el ascensor, bajamos hasta el parking y ambos subimos en mi coche. Cojo el volante con fuerza y suspiro.

    Alberto, ¿qué coño te pasa? — pregunta Javier con el ceño fruncido.

    Hoy no tengo un buen día, Javier.

    Ya, pues intenta cambiar el gesto o la cagaremos en la reunión. Voy a llamar a Rafa para que prepare el local. Hay que ir a verlo o Yuri no nos apoyará.

    Lo sé, lo siento — digo arrancando y saliendo del parking.

  Cuando llegamos al despacho estoy mucho más tranquilo, deseo que esto salga bien. Rafa preparará todo para dentro de una hora, mientras Javier y yo terminamos de ultimar detalles.

  Salimos hacia el local al que Yuri acudirá acompañado de sus guardaespaldas. Es un edificio de seis plantas, situado cerca de la Gran Vía madrileña. Nos ha costado mucho encontrarlo, y ya hemos reformado algunas zonas para que no puedan evitar aceptar. Tiene todo lo que nos pidieron: zonas comunes y habitaciones separadas. El barrio, a pesar de estar cerca del centro, es una zona tranquila.

  Vemos llegar tres enormes coches negros, abrimos la puerta del garaje y éstos entran sin dudar. Entramos tras ellos, aparcamos y esperamos a que Yuri baje del coche. Nos acercamos y sonríe.

    Chicos, esto tiene muy buena pinta — dice observando el amplio garaje.

    Anteriormente era un hotel, pero la crisis hizo que no les quedara otro remedio que cerrar sus puertas — digo explicando porque el edificio está vacío.

    La crisis de unos es el beneficio de otros — dice riendo. Devolvemos la sonrisa solo por cortesía, pero lo que realmente me apetece es darle un puñetazo hasta que se le vayan las ganas de reírse de las desgracias de los demás.

    Bien, ¿vamos a verlo? — dice Javier intentando cortar la tensión del momento.

    Estoy deseándolo — contesta Yuri encendiéndose uno de esos pequeños puros que tanto me molestan. 

  Subimos hasta la planta baja. En ella hay una pequeña recepción a la derecha, una gran escalera al fondo y una puerta a la izquierda. Entramos y encontramos un bar, con unas doce mesas. Yuri asiente demostrando que le gusta lo que está viendo. Subimos planta por planta en las que entra en cada una de las habitaciones, a pesar de que son todas iguales. En la última planta nos habla de juntar unas tres habitaciones para que ese sea el despacho del director. Las demás pueden quedarse como están. 

    Por supuesto, los cambios que sean necesarios se pueden incluir en el contrato — dice Javier bajando de nuevo hasta la planta baja.

    Bien chicos, tenéis mi apoyo. El edificio sin duda es estupendo, ideal para las oficinas — dice guiñando un ojo a uno de sus guardaespaldas que le dedica media sonrisa. ¡Gilipollas!

    Pues bien, esta tarde a ver que dicen los demás — digo sonriendo.

    Sí, venga vámonos.

  Bajamos de nuevo al garaje y nos despedimos. Les abrimos la puerta del garaje y una vez que están fuera, Javier y yo nos miramos. 

    Los tenemos tío — me dice alzando su mano.

    Sí, ya son nuestros — me río chocando su mano.

  El resto del día lo pasamos preparando la reunión, aunque teniendo a Yuri de nuestra parte poco tenemos que hacer. Aunque él diga que no es solo decisión suya, sabemos que su opinión es la más importante. Cuando lo tenemos todo listo recuerdo que Javier había descubierto algo.

    Javier, me has dicho que tenías cosas que contarme — le digo guardando los planos en la carpeta.

    Bueno, Rafa consiguió escuchar una conversación entre Alexey y su contacto en Rusia, al parecer mañana tienen una reunión en un hangar privado a las afueras.

    ¿Qué clase de reunión?

    No lo sabemos con exactitud, pero creemos que es para una entrega. Rafa va a montar un dispositivo para acudir y tratar de descubrir de que se trata y…

    ¿Qué? ¿Se ha vuelto loco? — digo prácticamente gritando.

    Alberto, necesitamos todas las pruebas posibles para empapelarlos.

    ¡No me jodas Javier!

    ¿Y qué pretendes que hagamos? ¿Pasarlo por alto?

    ¡No lo sé! Pero lo veo demasiado arriesgado. Están pendientes del más mínimo movimiento.

    Rafa sabe lo que hace, no va a poner en peligro la operación y menos nuestra tapadera. Tranquilo, todo va a salir bien — dice intentando tranquilizarme.

    Está bien, supongo que estoy un poco nervioso con todo esto. Está durando demasiado.

    Lo sé, pero no podemos hacer nada más que seguir adelante.

    Ya, solo espero que acabe bien — digo intentando convencerme a mí mismo — Venga, vamos a venderles el edificio. 

  Llegamos de nuevo a las oficinas de Yuri, subimos a la sala de reuniones y esperamos a que lleguen todos. Presidiendo la mesa se sienta Yuri, a su derecha Alexey y el resto de la directiva en los asientos restantes. Aquí está, la cúpula de la banda, pienso para mí.

  Javier expone los pros del edificio elegido, los cambios posibles y las mejoras ya realizadas. Observo los gestos de cada uno y solo encuentro satisfacción. Decididamente, son nuestros.

  Una vez terminada la exposición, Yuri nos pide que abandonemos la sala unos minutos. Javier y yo salimos y aunque ambos estamos convencidos de que van a aceptar, no podemos evitar cierto nerviosismo. Si esto sale mal perderemos cualquier contacto con la organización, y vuelta a empezar. 

    Todo va a salir bien — digo palmeando el hombro de Javier.

    Lo sé Alberto, tú eres el que no parece muy convencido — dice con media sonrisa.

    Estoy convencido y preparado para el baile — digo guiñándole el ojo.

  Pasan quince minutos hasta que Alexey se asoma y nos pide que entremos de nuevo. Cuando paso a su lado, le escucho susurrar: “Habéis tenido suerte”. ¿He dicho ya que odio a este imbécil?

  Javier y yo nos colocamos de pie frente a todos, Yuri se levanta y viene a nuestro lado con una sonrisa.

    Chicos, habéis hecho un buen trabajo — dice colocándose entre los dos —  Queremos vuestro edificio.

    Perfecto Yuri, estamos seguros de que con los cambios que queráis será justo lo que buscáis — le contesta Javier con una sonrisa profesional.

    Estaremos encantados de seguir trabajando con vosotros, en estos tiempos es complicado encontrar gente seria en los negocios — digo dirigiéndome a todos.

    Bien, pues ahora toca celebrarlo. Esta noche tenemos una cena y nos encantaría que nos acompañaseis — dice Yuri sonriendo.

    Eres muy amable, pero no es necesario — le digo rechazando su invitación.

    Alberto, Alberto…no es una petición. Quiero que vengáis — dice con su sonrisa de superioridad.

    De acuerdo, allí estaremos entonces — digo sonriendo.

  Nos despedimos y bajamos en silencio hasta el coche. Conduzco rápido hasta nuestro despacho. Noto la mirada de Javier encima de mí, pero no me importa, hoy no me apetece poner buena cara, y sé que ir a esa cena será pasarme el tiempo que este allí, haciéndolo. Pero como siempre… no me queda otra.

Primer capítulo de RESÉRVAME TUS BESOS

¡Hola a todos!
Para los que estáis pensando si os gustará o no mi libro os dejo el primer capítulo para que os terminéis de decidir. Deciros que es una historia de amor en la que las dudas y los miedos de ambos personajes les hacen sentirse inseguros antes sus sentimientos. Una historia en la que ambos deberán dejar atrás su pasado si quieren que su relación continúe… ¿Serán capaces de hacerlo?
Un beso a todos y espero que disfrutéis de la historia tanto como yo escribiéndola.

1

Suena el despertador, abro los ojos y recuerdo que hoy es viernes ¡Me encantan los viernes! Sobre todo desde que, gracias a mi trabajo, salgo a las tres de la tarde y no vuelvo hasta las ocho del lunes.
Lo primero, mi café con leche, mi tostada con aceite, una ducha y a trabajar.

– ¡Buenos días Jose! – saludo al vigilante de seguridad sonriendo porque le he pillado tomándose un café.
– ¡Buenos días Alexis! ¿tienes algo que hacer esta noche? Sigo esperando que algún día quieras cenar conmigo…
– Tú lo has dicho, ¡algún día! – Pone los ojos en blanco y me río porque todos los días me pregunta lo mismo, aunque sé que está tonteando con Sonia, la nueva becaria.

Llego a mi mesa y me pongo a trabajar. Hoy el jefe está de viaje y aprovecho para adelantar trabajo atrasado. Todos estamos más tranquilos hoy que no está, no es que sea un mal jefe, al contrario, pero cuando no está todos estamos más relajados.
Cuando estoy enfrascada terminando los informes para la reunión del lunes, suena mi móvil, por la música y la foto ya sé quién es y me río.

– ¡Buenos días Vega! ¿Qué tal? –contesto
– ¡Hola! Te acuerdas que hemos quedado hoy, ¿no?
– ¡Claro que me acuerdo! En cuanto salga de trabajar me paso por el bar a recogerte. Comeré allí, así que guárdame menú.
– Vale, aquí te espero. Comemos juntas. Un beso y no te canses.
– Lo mismo digo guapa.

Vega es mi mejor amiga, algo así como la hermana que nunca tuve, de hecho estoy segura de que si tuviera una hermana no tendría tanta confianza como tengo con ella. Tiene un restaurante muy mono que le roba casi todo su tiempo, pero siempre adoró la hostelería, y hace un año que prácticamente no sale de allí. Pero es feliz, tiene lo que siempre quiso tener, su propio restaurante.
Yo soy asistente de dirección en una empresa de eventos y publicidad. Me encanta mi trabajo aunque reconozco que hago más horas que el sol, eso sí, las disfruto.
Cuando salgo a las tres hace un día frío, pero bonito, me encantan esos días de otoño en los que el sol te da en la cara trasmitiendo calor pero sin llegar a molestar.

– ¡Buenas tardes! – saludo al entrar en el restaurante.
– ¡Ya ha llegado la mujer más guapa de Valencia! – sonrío al señor Manuel, que ya es casi como un trabajador más del restaurante de Vega, va cada día a comer y siempre se sienta en la misma mesa.
– ¡Usted sí que es guapo! – le contesto mientras paso a su lado hacia la barra.

El restaurante es moderno, paredes blancas con vinilos en negro y plata, de trazos que me recuerdan a enredaderas. Solo quedan algunas mesas vestidas para las comidas, con manteles negros con un camino en blanco, que en conjunto dan un toque elegante y moderno. A la izquierda de la barra hay una zona chill out con sofás bajos blancos y mesas negras, que por las tardes y después de las cenas, son el lugar ideal donde tomar una copa.

– ¿Qué tal? Ponme una caña que vengo seca y estamos a viernes.
– ¡Tú sí que sabes! Ahora mismo comemos y nos vamos.
– Vale Vega, no te impacientes que las tiendas van a seguir ahí – le digo mientras me río por las prisas que tiene de salir del bar.

Nos vamos a elegir un vestido para la boda de su hermano que es el próximo verano, ya le he dicho que hay tiempo de sobra pero ella ya quiere ir mirando. Quiere que sea un vestido especial, aunque yo tengo claro que cualquier vestido puesto en el cuerpo de Vega sería bonito. Es alta, morena, con unos ojos casi negros que con solo mirarte te das cuenta de la bondad que hay en ella, y con un cuerpo que ya quisieran muchas, entre las cuales me incluyo. Me ha pedido que la acompañe porque dice que yo seré más sincera que Óscar, su novio. Además, claro está, que me encanta la moda. Cualquier excusa es buena para ir de compras.

– Hoy te has perdido un día interesante – me comenta mientras me pasa nuestros platos.
– ¿A si? ¿Y qué ha cambiado para hacerlo interesante?
– Ha venido un chico nuevo a comer, norteamericano, de Nueva York para ser exactos. Se está hospedando aquí al lado, en el Meliá.
– ¿Y? ¿Qué tiene eso de interesante? – le pregunto y se ríe.
– ¡Nada! ¡Lo interesante es él! Alexis tendrías que haberlo visto… ¡parece sacado de un catálogo!
– Vega…
– ¿Que? Una tiene ojos ¿sabes? Eso sí, ¡no lo cambio por mi Óscar! Además es muy simpático. Dice que vendrá a menudo, que le ha encantado el restaurante.
– ¡Me alegro, ya has ganado un nuevo cliente! – me río. Me pone mala cara pero empezamos a comer.

No hay nadie en el restaurante excepto nosotras y Pepa, la cocinera. Me explica más o menos la idea que lleva para el vestido.
Al terminar me siento en la barra mientras ella prepara los cafés, otro de mis vicios. Se oye la puerta y al girarme veo que llega Óscar, el novio de Vega. Es un chico alto, moreno de ojos verdes, y con un cuerpo de escándalo. Es tan buena persona como Vega.

– ¡Hola! ¿Qué tal están mis chicas? – nos pregunta mientras me saluda con dos besos. Pasa detrás de la barra y le da un beso a Vega de esos de película, que me da hasta vergüenza, pero me río. Me encanta verlos juntos.
– ¡Hola cielo! Me alegro de que hayas venido tan pronto, nos tomamos el café y Alexis y yo nos vamos.
– Vale, pero por favor Vega, no te lo compres aún que es pronto. ¡Ni la novia tiene el vestido! – le dice él mientras me mira y pone los ojos en blanco.
– No te preocupes, solo quiero mirar. Ahora mismo llegarán los de las oficinas para la copa de los viernes, no creo que tengas mucho lio…

Se oye la puerta, me giro y veo que entra un hombre. Es alto, con el pelo castaño cobrizo, no le veo la cara porque va mirando hacia la calle. Lleva un traje de tres piezas gris, que sin duda sabe llevar. Se gira hacia nosotros y termina de completarse… nariz recta, mandíbula cuadrada, los ojos más azules que he visto en mi vida y una mirada que parece atravesarme. Es guapo, bueno, guapo es quedarse corto, es más que guapo, y viene hacia la barra donde estoy sentada. Creo que me he quedado con la boca abierta… entonces Vega me da un toque en el brazo…

– ¡Es él! ¡Es el chico del que te hablaba! – la oigo de fondo porque creo que me he quedado clavada en esos ojos. Él se me queda mirando fijamente – ¡Hola Matt! ¿Ya te has dado cuenta de que tengo el mejor restaurante de Valencia? – le dice y él se ríe.

¡Lo que faltaba! Creo que si había cerrado la boca, la he vuelto a dejar caer al verlo sonreír. ¡Dios qué vergüenza! Me obligo a girarme hacia Vega cuando él está a punto de llegar a la barra. Ella me ha tenido que notar algo en la cara porque sonríe traviesa. ¡Perra!

– ¡Hola Vega! – le dice – Acabo de volver de estar con unos clientes y les he propuesto venir mañana aquí a comer. Quería saber si me podrías reservar una mesa para seis personas sobre la una y media. – Ahora lo tengo a mi izquierda y ni siquiera puedo moverme. Pero ¿qué me pasa? ¡Joder! ¡Debe pensar que soy tonta!

Vega me mira con cara de alucinada, este chico acaba de ganarse a mi amiga…

– ¿En serio? ¡Eso sería genial! Estoy intentando promover el restaurante entre gente de negocios. Ahora se acercan las navidades y quiero dar servicio de cenas de empresa – le comenta la Vega empresaria.
– Bien, pues intentaré hacer todas las comidas que pueda aquí. Para mí será un placer y si encima te consigo algo de ayuda – le dice mientras me mira de reojo.
– ¡Perfecto! ¡Muchas gracias! Por cierto, te presento… – ¡La mato! ¡yo la mato! – este es Óscar, mi novio… – respiro…no me había dado cuenta de que estaba conteniendo el aire, se saludan con un apretón de manos y luego… – Y ella es Alexis, mi mejor amiga.

Se gira hacia mí con una sonrisa, lo imito, y se acerca para darme dos besos…

– ¡Buenas tardes, Alexis! Un placer conocerte – me dice con su mano en mi hombro. Noto como una corriente entre nosotros mientras me mira directamente a los ojos.
– ¡Buenas tardes! Igualmente. – ¡Ah, pero si tengo voz y todo!

Hay un silencio mientras me sigue mirando. De repente parpadea y se acaba la magia, se separa y le dice a Vega:

– Bueno pues… mañana nos vemos. – mira a Óscar, luego a mí y nos dice: – Encantado. Ya nos veremos. – le sonrío.
– Vale Matt. Aquí os espero mañana. Hasta luego.

Y se va… con esos andares que muestran determinación y seguridad. Me he quedado un poco bloqueada con este momento hasta que Vega dice:

– ¿Qué ha sido eso? ¿Os conocías? – me pregunta realmente interesada.
– ¿Qué dices? ¡No! Pero tenías razón, es guapísimo – me río de mi misma, de la situación y de lo raro que ha sido todo.

Llegamos al centro y aparco el coche en un parking subterráneo, aparcar en el centro de Valencia es una auténtica locura. Cuando salimos a la calle Vega ya no puede más, se ha contenido todo el camino, se gira hacia mí y me dice:

– ¿Qué? ¿No vas a decir nada? – me mira frunciendo el ceño.
– ¿De qué? – le pregunto aunque sé perfectamente por dónde van los tiros.
– ¡Venga ya! Sobre Matt, ¿verdad que es un chico majísimo?
– No sé Vega, lo he visto cinco minutos. Además ya te he dicho que tenías razón, es un chico muy guapo.
– De verdad Alexis que no sé qué te pasa… será que llevas demasiado tiempo sola y ya no te atraen los hombres.
– ¿Tú estás tonta? ¡Claro que me atraen! Ya te he dicho que es un chico muuuuy guapo, ¿qué más quieres que te diga?
– Naaada, no te enfades. Simplemente creo que es un hombre que podría interesarte.
– Tu tampoco lo conoces, así que no hables sin saber.
– ¡Vale, vale! Vamos a dejarlo estar y miremos.

Nos pasamos la siguiente hora mirando cientos de vestidos, y ninguno termina de gustarle. Empiezo a desesperarme, y le pido que paremos a tomarnos un café.

– Me he comprado más cosas que tú – le digo riéndome. Me he comprado dos pares de zapatos de tacón, que estaban tirados de precio, y dos conjuntos de ropa interior monísimos. ¡Me pierde la ropa interior!
– Eso es porque a ti todo te queda bien. Te pondrías una bolsa de basura de vestido y aun así te silbarían por la calle.
– ¡Exagerada! El último vestido que te has probado te quedaba genial…
– No es lo que busco. Además, tengo que volver al bar para preparar las cenas. Volveremos para seguir buscando.

Cuando volvemos hacia el coche me quedo pegada a un escaparate en el que hay un vestido negro precioso. Es de una sola manga ceñido a la cintura con un cinturón dorado y tiene una caída espectacular. Entramos y me lo pruebo.

– ¿Qué te parece? – le pregunto cuando salgo del probador.
– ¡Dios mío! ¡llévatelo! Levantarías hasta un muerto de la tumba – me da la risa, y aunque es un poco caro me lo llevo.

Dejo a Vega en el restaurante, y nos despedimos hasta el día siguiente. Hemos quedado en el bar para desayunar juntas.
Llego a mi casa, tengo un ático en la decimoquinta planta de un edificio moderno. No es muy grande pero para mí sola, me sobra. Tiene una terraza de la que me enamoré nada más verlo.
Dejo las bolsas encima de la cama y me preparo un baño, me apetece dedicarme un ratito a mí. Pongo música y una varita de incienso y me sumerjo en la bañera que huele a mi aceite de vainilla. Cuando se empieza a enfriar el agua salgo y nada más salir a la habitación suena el teléfono.

– ¿Si? – contesto.
– Soy yo otra vez – me contesta Vega al otro lado.
– ¿Qué pasa? Me pillas saliendo de la ducha, cinco minutos antes y no te contesto.
– ¡Hubiera vuelto a llamar! Tengo una urgencia. Carlos, el camarero que viene los sábados me ha fallado, se ha roto un tobillo y mañana no va a poder venir. ¿Podrías trabajar mañana aquí, para hacerle el mayor favor que le puedes hacer a tu mejor amiga?
– ¡No seas pelota! ¿para las cenas?
– Bueno, también me harías falta para las comidas, está lleno y Sandra y yo no podremos solas. Por favor….
– ¡Valeeee! Que sepas que ya he abandonado mi etapa de camarera pero bueno, espero que sea como montar en bicicleta.
– ¡Gracias! ¡Te quieroooo!
– ¿Solo por eso? – me río.
– Bueno pues mañana cuando vengas a desayunar, te quedas ya y montamos el comedor. Acuérdate de venir de negro. Yo te dejo el delantal. – se ríe.
– ¡Muy graciosa! Mañana nos vemos.
– Hasta mañana, y gracias otra vez.

Cuelgo y me quedo pensando, la verdad es que no me hace especial ilusión pero es una faena quedarte tirada sin camarero un día antes. Voy a la cocina a prepararme algo de cenar y cuando estoy preparándome una ensalada caigo en la cuenta… ¡él va a comer! Lo volveré a ver… me sorprende a mí misma pensar en ello, pero no sé porque empiezo a ponerme nerviosa. ¡Seré idiota! Me preparo una copa de vino y me siento en el sofá a cenar en la mesa pequeña, veo absurdo sentarme en la mesa grande yo sola, pongo la tele, y como siempre no hacen nada que me guste. Me pongo a leer un libro, pero mi cabeza no para de darle vueltas a que mañana volveré a encontrarme con esos ojos otra vez.
Cuando veo que son las doce me voy a la cama, tengo que descansar para trabajar mañana. Me río solo de pensarlo. Me preparo un pantalón negro y una camiseta de manga tres cuartos del mismo color para mañana y me acuesto. No paro de dar vueltas en la cama. ¿Pero soy tonta o qué? Seguramente él ni se acuerde de mí y yo aquí pensando en volver a mirarlo a la cara… La verdad es que hacía mucho que un hombre no me llamaba la atención así. Me relajo, me quedo dormida y como era de esperar… sueño con él.